
“Los hechos presentados a continuación son ficticios. Cualquier similitud con hechos o personas de la vida real, es totalmente involuntaria.”
Había culminado una reunión donde las cervezas fueron la atracción principal de todos los concurrentes, ya que las chicas eran una pesadilla viviente. Me dispuse a marchar cuando recordé de repente el número telefónico de una amiga cariñosa, quien en anterior ocasión, me dio posada en su humilde ceno hogareño, y como sentí deseos ardientes de verla para conversar físicamente… la llamé.
Eran alrededor de las 11:30 de la noche, cuando a la quinta timbrada me contestó algo somnolienta. Ella notó al instante el tono sinuoso de mi voz causado por las torrenciales cantidades de cerveza que ingerí aquella noche.
- Hola Pilar- le dije -Disculpa si te he despertado. Es que perdí la llave de mi casa y como todos duermen profundamente, es imposible ingresar. Dormiría en el jardín pero, no quiero amanecer regado… ¿Me darías posada?- Después de pensarlo por 20 segundos, me dijo que si, pero con la condición de que me vaya temprano sin levantar polvo…es decir, sin hacer ruido alguno. Llegue puntual a la cita secreta.
Ella tiene una casa con rejas negras y arbustos que rodean todo el techo, de modo que hacen difícil o imposible perpetrar una huída del lugar en caso de contingencias. Sin embargo, yo tenía todo fríamente calculado ya que conocía esa casa como la palma de mi mano.
-Hola otra ves- le dije -¿como has estado?- en tono meloso y con una mirada penetrante que la desnudó por completo. Ella percibió rápidamente mis burdas intensiones. Pilar me miró sonriente, y en mi estado deplorable quise dar un par de pasos hasta llegar a sus labios para ofrecerle un beso apasionado, pero como en el trayecto me tropecé, terminé besándole los pies (apasionadamente).
-¿Para eso tomas?- me dijo, -¡Tu nunca vas a cambiar!- y en el fulgor de la caída pude tocar su cuerpo angelical, ¡Dios mío! ¡Que cuerpo! Supe entonces que esa noche sería apoteósica y que contaba con ella para eso.
Luego del beso, me hizo entrar a su casa tomándome de la mano. Para mi mala suerte, su perra se encontraba justo en mi camino, y cuando reaccioné ya le había pisado la cola. Me mordió sin contemplaciones aullando a viva vos, y para salvar mi pierna de ser amputada, le di una patada en el hocico que la hizo aullar aún más. Como comprenderán, casi todos en la casa despertaron. Pilar me llevó a un cuarto vacío y me dijo que espere un momento mientras calmaba a la perra. Escuché una vos, era de su madre.
-¿Quien anda allí?- Preguntó. Yo solo atiné a esconderme bajo la cama mientras Pilar le contestó: -Soy yo madre, es que quería un vaso de agua y pisé sin querer a Chayita. Todo está bien, no te preocupes- Al parecer su madre le creyó y se fue a dormir mientras la perra aullaba de dolor. Para mi suerte el hermano de Pilar seguía durmiendo.
Ya un poco más tranquilo, decidí salir de mi escondite a esperarla. El susto había amainado totalmente mi estado etílico, y sin perder tiempo comencé a desvestirme para que así me encuentre preparado. Me quité el pantalón rápidamente con la agilidad de un contorsionista. Al terminar, me acosté raudo en la cama, en posición de ataque. Fue entonces cuando me vinieron a la memoria las más picantes escenas pornográficas antes vistas en mi pueril juventud, que fueron muchas y de todo calibre.
-“Esta será una noche inolvidable”- me decía, sin pensar en el riesgo que dicha aventura implicaba, ya que me encontraba en la boca del lobo, con el enemigo bajo el mismo techo, respirando del mismo aire y a escasas dos puertas de distancia, con el baño como punto de separación. Tenía que ser cauto y evitar todo escándalo, al fin y al cabo ya estaba allí y no podía dar un paso atrás. Quería satisfacer mis bajos instintos a como de lugar, costara lo que costara.
Los minutos pasaban y ya me estaba desesperando. Había practicado con la almohada todas las posiciones aprendidas de “El Kamasutra”, pero ella no regresaba. Hice a un lado lo que quedaba de la húmeda almohada y me puse de pie, próximo a la puerta. Escuché pasos que se acercaban lentamente. Me senté rápido en la cama mientras que mi corazón se aceleró a mil, y pensé: por fin, valió la pena esperar. Iba a recuperar el tiempo perdido al máximo, sin contemplaciones. La puerta se abrió, luego vi una sombra femenina asomarse con timidez. En ese momento la adrenalina se apoderó de mí, el instinto varonil me impulsó a actuar con velocidad sobre mi víctima, entonces la tomé de la mano empujándola a la cama con furia. Quería ser salvaje, sátiro, sádico, y devorarla por completo. Le dije furibundo: ¡Hoy serás mía! Y poco antes de saltar sobre ella, gritó aterrada: ¡Auxilio! ¡Socorro! Yo me detuve consternado sin saber que hacer pues de la sorpresa se me había ido el aire.
Solo atine a tartamudear sin poder articular una sola palabra. El alma se me había ido del susto y la vos de la impresión. Cuando reaccioné, me di cuenta de mi estupidez, ¡Dios mío!, ¡Esto no podía estar pasando! ¡Ella era…! ¡Ella era su madre!
Alguien encendió la luz de la habitación, y allí estábamos los dos sobre la cama, la señora en camisón y yo en calzoncillo, casi encima de ella.
En la puerta se encontraban Pilar, su hermano, su padre, y por si fuera poco Chayita, en primera fila, que seguía aullando de dolor.
Como entenderán amigos y amigas, me niego a contar detalladamente lo que pasó después, porque me duele de solo recordar. Más les diré que llegué a mi casa en calzoncillos, ¡Aullando de dolor!, muriéndome de frío, con el cuerpo adolorido y la férrea voluntad de dejar la bebida, por lo menos hasta recuperarme del trauma espantoso que me tocó vivir aquella noche, y reconciliarme con Pilar quien está haciendo todo lo posible para evitar que su padre me denuncie por violación premeditada, con el agravante de maltrato canino (me obligaron a reponer la dentadura de Chayita).
Amigos míos, no es mi intención hacer de profeta, mucho menos de filósofo, pero les aconsejo por experiencia propia que, cuando quieran hacer algo, sobre todo si están ebrios, traten de ver muy bien lo que hacen, y sobre todo, con quien lo hacen, para evitarse así los problemas que acarrea una “maldita confusión”.

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