Hoy por la mañana, me hice presente al trabajo a la hora de siempre. Ingresé como de costumbre, saludando a todos, y marcando mi entrada en el reloj. Ya en mi oficina, tomé asiento en el incómodo sillón giratorio que poseo, y empecé a revisar el sinfín de documentos que llegan para su trámite: "Es la Administración Pública".
En la Oficina de Administración, normalmente transitan un sinnúmero de personas y documentos, esperando pronta solución a sus problemas (Cuando ni siquiera sé resolver los míos). Es difícil, en el cargo que poseo, tener un día tranquilo, sin exaltaciones ni enfrentamientos, ya que las personas somos complicadas de nacimiento.
Llegó a mi oficina el vigilante de turno, quien me dijo que aún no llegaba su reemplazo, motivo por el cual me molesté mucho, ya que la persona de la que estamos hablando (el reemplazo), tiempo atrás, se presentó al trabajo en completo estado de ebriedad, tratando de explicar entre risas y sollozos, su situación. Le dimos una última oportunidad. Con este acontecimiento, malgastó esa última chance.
En el acto, fui donde el jefe de personal, le manifesté la situación y le pedí que designe a una persona en vigilancia. Lo hizo de inmediato. Minutos después, apareció el aludido, señalando que por motivos de viaje no pudo llegar a tiempo, y que su celular no tenia línea. Le dije que su actitud reflejaba una irresponsabilidad infantil, y que dicha excusa, no iba a salvar su situación. Le pedí que espere un momento. Me dirigí a la Oficina del Director Regional, y le conté los hechos. Al final me dijo que apoyaba mi decisión.
Me dirigí a mi oficina e hice llamar al susodicho. Éste se presentó casi al instante, se sentó enfrente de mí, y escuchó silencioso todo lo que tenia que decirle. Cuando terminé, solo atinó a llorar. Una sensación de culpa recorría mis venas, y me sentía el ser mas despreciable de la tierra. Él, cubría su rostro con sus manos, y no dejaba de llorar. Yo, destrozado por dentro, y absorto ante su reacción, trataba de calmarlo diciéndole que la decisión tomada es por su bien, que esto le va a servir para madurar y ser más responsable, y que de seguro va a conseguir un trabajo mejor. Como su llanto no cesaba, estuve a punto de declinar en mi decisión, pero pensé que eso me iba a restar el respeto de los demás, entonces me mantuve en silencio, esperando sus palabras. Cuando se calmó, se secó las lágrimas, se puso de pie, me dio la mano, me dijo gracias por todo, y se retiró.
El resto del día no podía estar tranquilo, tal ves por que me sentía el hombre más injusto, tal ves porque esta persona es la primera en mi vida a quien me tocó despedir, o simplemente porque no quería estar bien. Son decisiones que duelen, pero que alguien las tiene que tomar, a pesar de todo.
